Aquí os dejo el nº 44 de la Revista Literaria Traslapuente.
Espero que os guste.
No le des más vueltas.
martes, 24 de enero de 2012
martes, 20 de diciembre de 2011
Cuento de Navidad
No hubo más
remedio. Don Higinio sabía que era importante aguantar hasta mañana, que si
conseguían pasar la noche sin que Salus, el de la municipal, les hubiera echado
el guante, podían seguir su camino al día siguiente y quién sabe si llegar a
donde iban. Eso a don Higinio, el adónde iban, ya no le concernía. Parecían
buena gente. Muy buena gente. Por eso les ayudaba. Por eso y porque Salus le
caía algo así como un poco al bies. No mucho. Sólo lo justo.
Los halló tan
desamparados, tan necesitados de una mano amiga, que no se lo pensó. A él casa
le sobraba. A un viudo siempre le sobra casa. Y no iba a permitir que pasasen
la noche al raso. Sobre todo por la niña, tan pequeña. Y por la madre, y por el
padre... Así que sin casi conocerlos le mintió a Salus cuando le preguntó. Mil
veces le hubiera mentido. Higinio, le dijo, que si les había visto. ¿Yo? ¿A
quién? Que no se hiciera el longuis que ya sabía él de que andaban hablando.
Pues como no le explicara... Además, qué habían hecho. Ah, ahí Salus se encogía
de hombros, órdenes de arriba. Si les veía que le avisara. Ya. Ya qué. Ya, que
ya. Ah. Pues eso.
Les preguntó,
claro. Ella humilló la mirada, una mirada triste que buscó el rostro de su
niña. Él le dijo, nada, podía creerle, nada, sólo no tener papeles, eso era
todo, o sea, nada. Allí donde iban tal vez podría trabajar, en el gremio de la
madera, era lo suyo. Un primo les esperaba.
Pero Salus andaba
con la mosca detrás de la oreja y rondaba la casa, que tonto no era y alguien
le había ido con el cuento, seguro. Toda la tarde arriba y abajo de la calle,
sin perderle un ojo a la fachada, mirando sin disimulo a través de las ventanas
que daban a la calle. Y a las siete era la cabalgata y don Higinio tenía que
hacer de rey Melchor, como todos los años, y lo que no quería él era que Salus
metiera las narices en lo que no le importaba. Sobre todo aprovechando que él
no estaba.
No hay más
remedio, les dijo. Él se las iba a arreglar, no tenían de qué preocuparse. Lo
iban a ver. Donde nadie te ve es donde todos te miran, les dijo.
Me debes una, le
recordaría a Genaro, además tu sobrina y su novio lo entenderán. Con lo que le
costó convencerles. Don Genaro llevaba la manija de la cabalgata y, mira, la
idea de que este año el niño no fuera de barro cocido le conquistó. Es niña, le
advirtió Higinio. Ya, ya, y qué. Pues eso... Pero... mira que me la estoy
jugando, Higinio. Me debes una, le recordó él de nuevo. Así que allí estaban
los tres, ella, él y la niña, en el portal, rodeados de pastorcicos, esperando
la llegada de los reyes, mientras los más avisados se preguntaban quién hacía
este año de qué. Claro, no les conocían. Lo del niño, un éxito. Veis, les dijo
el Rey Melchor, en su adoración, por lo bajinis, era lo mejor. Y ellos, los
tres le sonrieron, y don Higinio se sintió pagado de sobra.
Toda la noche
hubo gente que entraba y salía de casa de don Higinio, que se habían enterado y
querían ayudar y les llevaban, pues eso, un de todo. Un milagro. El milagro fue
que Salus no se oliera la tostada. Que ya es no oler, ya.
Por la mañana fue
difícil despedirse. Pero había que hacerlo. Los puso en el autobús, bien
tempranico. Con Dios.
Don Higinio se
quedó con una paz tan grande que no le cabía en el cuerpo. Volvió a casa y al
dar su paseo acostumbrado evitó deliberadamente pasar frente al cuartelillo de
la municipal, junto al ayuntamiento. Lo último que quería era darse de manos a
boca con Salus. Y ya antes de llegar al bar de Otilio, en la misma plaza, le
alcanzaron los rumores. Sobre lo que Salus andaba haciendo. Por lo visto se
había emperrado en encontrar al niño, al niño del belén, y andaba metiendo las
narices en todo lo que oliera a lactante. Por eso cuando Salus le echó en cara
de nuevo que no pasara a decirle, don Higinio no pudo reprimir una puya.
“Salus, estás hecho un Herodes”. Eso le dijo.
sábado, 17 de diciembre de 2011
miércoles, 14 de diciembre de 2011
El hombre que miraba el infinito
Todas las mañanas, desde siempre, se sienta allí, frente al mar. La mirada se le enreda en la maraña de aire y nubes y agua y sal y espuma de olas que lamen la arena de la orilla. A veces las gaviotas rompen el silencio de la mañana, tan lleno del rumor del mar. Surcan el cielo al azar y dibujan un mapa de incertidumbres que el que mira no sabe interpretar. Desaparece la bruma y entre el cielo y el mar aparece el horizonte. Siempre duda acerca de por qué anda allí, justo allí. Por qué el infinito queda siempre más allá, al otro lado. Al otro lado del horizonte.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Habas contadas
1+1= 10
(en base dos y en base
D´Hont).
Hay dos aspectos de estas pasadas elecciones que me han
dejado un regusto turbio. Una especie de amargor dulzón que azuza un poco. El
primero de ellos se refiere a una injusticia manifiesta. Ya sé, ya sé, se me va
a decir que es la ley. Pero si la ley no es justa digo yo que algo habrá que
hacer. Cambiarla, por ejemplo. Pero ya veréis cómo no. Y eso que, apurando un
poco se podría incluso reclamar derechos constitucionales. Un hombre un voto.
Eso dice la ley. Pero la trampa dice que mi voto vale más o menos según a quién
se me ocurra votar. Es más, depende también de dónde vote. Es como si cuatro
gallinas ponen cuatro huevos y si están juntas esos cuatro huevos son media
docena y si están esparcidas no llegan a un par. Así, con un par. Como poco se
tiene que alborotar el corral. Digo yo que lo que es claro con gallinas también
lo ha de ser con ciudadanos. Algún factor de corrección habrá que introducir
(si no una corrección total), en una ley electoral que premia los micorralismos.
A ver si se ponen a la tarea de una xxxx
vez.
Es curioso, pero la segunda cuestión no tiene que ver con
las Generales. Resulta que en algunos municipios se celebraban también
elecciones Locales. Y leo en el periódico, sin estupor pero con espanto, que
todo un pueblo se ha unido para votar en blanco y hacer que la única
candidatura que se presentaba no alcanzase el porcentaje mínimo necesario para
validar los resultados. Y se monta el belén a un mes vista de navidad porque
resulta que sí, que por un voto se consigue que resulte vencedora la citada
candidatura. No quiero entrar en la ideología de la misma. Para lo que tengo
que decir tanto da y, además, he de suponer que la junta electoral ha velado
por el cumplimiento de la ley y reúnen todos los requisitos. Lo que me espanta
es que todo un pueblo capaz de ponerse de acuerdo en algo, por ejemplo, como
votar en blanco el día de las elecciones (difícil, eh), no haya sido incapaz de
unirse antes y elaborar una lista alternativa a la que ahora se le quiere negar
el mismo derecho que ellos despreciaron. Eso... o lo de la gestora tenía ya
nombre y apellidos. O alguien creía que sí y le convenía. Que aquí el que no se
sale se rezuma. Ahora, puntas de haba.
Me dicen Tip y Coll que otro día, otro, hablaremos del
gobierno.
jueves, 8 de diciembre de 2011
lunes, 5 de diciembre de 2011
Piedras
Si, inopinadamente, encuentras de pronto la rara virtud de las piedras, sospecha. Cierto es que no mienten, ni yerran, que no abren su boca, ni asienten, ni niegan… Ya que a fuerza de callar la suya pueden mantener opinión cualquiera, han de parecer certeras; dado que no dan ni prometen lo que dar no pueden, ni quieren siquiera, casi son perfectas. Así hay quien encuentra sutiles sus juicios (insondables, claro, por inexistentes) y anotan en su haber la virtud valiente de no lastimar con su verbo. Lenguaje de paz extraña traen las piedras, paz de lápida. Paz de lenguaje extraño traen las lápidas, paz de piedra. Su humilde pudor guarda sellada su boca y atesora así, intacta, la enorme virtud que alberga su alma. Reservada, sigilosa, discreta, cautelosa, prudente, decorosa… ¿Quién da más que una piedra? ¡Qué más da que ni vivan, ni esperen, ni sientan, ni amen, ni sufran, ni anhelen, ni sepan...! Todas ellas esconden adentro, muy adentro, su alma de piedra. Si acaso algún día te seduce el brillo de un alma de éstas, vigila, no sea que mudes en fósil tu más íntima esencia.
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