La
primavera
se ha
vestido de blanco
como
una novia.
Seguimos codificando los mensajes
que nos relacionan con nuestro entorno y nos encontramos sumergidos en un magma
hostil y nuestros mensajes van, claro, codificados en una clave oscura e
impenetrable. Creemos estar defendiéndonos. Las sonrisas no lo son; los
agradecimientos, tampoco; nuestras metas, ficticias (por inconfesables);
nuestras opiniones, tasadas y medidas; nuestros anhelos, amordazados; nuestros
sentimientos, reprimidos… Y ante el peligro de que nuestro código se descubra y
nos deje al descubierto, desprotegidos e indefensos ante los demás, no dudamos
un momento en “matar al navajo” antes de que caiga en manos del enemigo. Con
tal de no dejar al descubierto nuestra intimidad, antes de dar muestras de la
más mínima debilidad, evitamos confiar en los demás, confiarnos a los demás y
preferimos anular el mensaje, negarnos a nosotros mismos, perjurar de esa parte
que preferimos ajena y sentirnos así un poco más seguros, aunque asustados y
llenos de temores.
Estoy convencido de que no dudaríamos en atribuir el carácter de estrictamente privado a la correspondencia personal. Si escribes una carta es obvio inferir el ámbito de privacidad al que se somete. Pero la cosa no es tan sencilla si se trata de determinar la propiedad de la misma. En este caso, la carta en cuestión. Para una inmensa mayoría estaría claro que la propiedad de la carta debe ostentarla aquel a quien fue dirigida, al receptor. Él fue el destinatario final de la carta y el emisor decidió que así fuera. En origen, la carta pertenecía a su autor. En destino, al receptor.